sábado, 12 de septiembre de 2009

Conoceme



En el medio del campo del Valle Medio, lejos de las rutas asfaltadas y comerciales, el desierto patagónico es un inmenso laberinto de jarillas, alpatacos y piquillines. Desde hace meses la sequía azota la región sin piedad, por eso sólo sobreviven esas plantas rústicas, espinosas, de poco follaje. En este hábitat, donde no tiene enemigos naturales, reina el jabalí.
Este animal, importado de Europa, se adaptó rápidamente a las distintas condiciones climáticas de varias regiones del país, y así también lo hizo en gran parte de la Patagonia. Se convirtió además en uno de los más preciados trofeos de caza para los amantes de esta práctica. No sólo por lograr piezas de enorme valor sino también para su consumo. Pero aun en la actualidad, cuando las armas alejan cada vez más al cazador de la presa, sobreviven aquellos que apelan a lo primitivo, a la confianza ancestral en el propio coraje y el de sus perros, fieles compañeros templados en las batallas con este tipo de animales.
Ellos enfrentan a los "chanchos" solos, con perros criados desde cachorros, y un cuchillo como única arma.
Es -dicen los cazadores- una experiencia llena de adrenalina en la que entran en juego la capacidad del cazador y el valor de los perros al enfrentarse en muchos casos a animales de enorme porte y de peligrosos colmillos.

En plena cacería
Agustín Sherriff tiene 21 años pero desde hace años es especialista en la caza del jabalí. "En cada cacería ponés la vida misma, la de los perros y, por qué no, la del chancho ante la muerte" ha escrito en su blog, una página en internet en la que ha colgado distintas experiencias sobre una de sus pasiones, dado que escribe y además registra en fotos cada cacería, cada momento único en esas partidas. Tan es así que suele internarse solo en medio del campo, acompañado con su jauría a cazar, aun a sabiendas de los riesgos que eso implica.
"Desde chico, porque siempre estuvimos vinculados al campo por mi viejo, que me gustó cazar" dijo, mientras manejaba "La Chancha", una Ford F-100 de la década de los 70, verde, que muestra que ya dejó de ser simplemente un transporte de personas para convertirse en casi una herramienta fundamental más en cada cacería.
Con ese vehículo recorremos centenares de kilómetros, atravesando picadas apenas dibujadas en la tierra, caminos polvorientos que amenazaban con dejarnos a pie en cualquier momento, para ver de cerca lo que se siente en una cacería de este tipo.
Después de haber atravesado una innumerable cantidad de tranqueras, Agustín enfila por una huella pedregosa, que es un hilo entre los matorrales espinosos y que corre paralela a una alambrada.


De golpe frena. Se baja y dice "vamos a parar acá porque siempre andan chanchos". Los perros instintivamente bajan de la caja. Son siete, todos de gran porte: dos dogos de criadero, un border
collie, un gran danés, y otros tres mestizos, pero que con sus poderosas cabezas demuestran que en ellos corre sangre de dogo. Inmediatamente "Sacachispas", el border collie, comienza a ventear el aire, levanta la cabeza, huele, escucha. Es el rastreador, tal vez el que tiene la tarea más importante, que es olfatear al jabalí y conducir a la jauría de perros mordedores. Pero no sólo eso, el can muestra tener un instinto superior. Cuando llega hasta un "chancho" le ladra alrededor, le salta, lo frena, como dice Agustín "lo empaca" hasta que llega el resto de los canes.
Es tal su capacidad, que a pesar de haber sido protagonista de decenas de cacerías el perro nunca recibió un solo rasguño, relata Agustín sin disimular el orgullo que tiene por el perro.
Pocos minutos después de haber bajado se escuchan ladridos lejanos. Y el grito del joven alerta: "están toreando a uno" dice y comienza a correr. Lo seguimos como podemos, corriendo en tramos, caminando en otros, parando segundos para escuchar los ruidos de la pelea que trae el viento.


Llegamos minutos después que Agustín. A centímetros de nosotros, los perros tienen preso de sus dientes a un jabalí de poco más de 50 kilos. El joven acaba de asestarle una precisa cuchillada en el corazón, que acelera su muerte. A pesar de ello el jabato tiende a escapar, pero las mandíbulas de hierro de los perros lo aprisionan sin dejarlo mover.


La mañana recién ha comenzado y ya el cazador tiene una presa. Pero la partida continúa. Trata de atravesar una pequeña cañada, por donde hace ya mucho tiempo corrió agua, pero la camioneta no puede con la trepada. Así que la batida ahora es a pie. Poco tiempo después, los hechos se repiten.


Las corridas de los perros y del cazador, que atraviesa el monte como si corriera por una vereda en plena ciudad. Largos, extensos minutos después llegamos. Esta vez, Agustín nos frena: "no le saques fotos". Los perros han atrapado a un jabalí de mediano porte, y en la pelea le han destrozado parte de la cabeza. En todos los casos, tras atraparlos, el joven rápidamente "limpia" los jabalíes. Y les da de comer a los perros. Parece que la cacería termina allí. Volvemos.
Pero a medio camino los perros vuelven a "torear". Esta vez sólo corre Agustín. Vuelve al rato con otro jabalí en los hombros.


Ha sido una buena jornada para el cazador: Tres piezas en poco menos de seis horas. Los carga en la camioneta, mientras esperamos el regreso de alguno de los perros que se ha perdido.
El joven los espera impaciente. Es que cada perro es un compañero. Conoce a cada uno de ellos, los ha criado y sabe con certeza cómo se comporta cada can. Confía en ellos. Al fin, vuelven.
En su página Agustín trata de explicar las sensaciones que se suceden en las cacerías en que se arriesga la vida del cazador y de los perros. De la sensaciones que llegan, que inundan el cuerpo, como el cansancio tras la jornada. Y en todas ellas el joven que ha vivido muchas batallas tiene razón. Dado que en algunos momentos nos pudimos asomar por segundos a ellas.
Pero también quedan presentes, grabadas, otras sensaciones. Ese sentimiento que nace en aquellos que nunca practicaron la caza de sentir que los animales -tanto la presa como los perros que acompañan al cazador- están siendo parte de un juego en el que el único que gana es el hombre. En un momento, se siente que los perros y el jabalí están desprotegidos en esa danza cruel que propone el cazador.



3 comentarios:

Sebastian Quittard dijo...

Uy groso flaco, y tenes 23 años; yo cace mi primer jabali a los 29 ahora tengo 30. tambien tengo un blog: cazadoresapasionados.blogspot.com lastima que estamos tan lejos, soy de Santa Fe, y cada ves qe vamos a cazar
hacemos como 900 km hasta san luis. Si la Revista EL Pato Llega hasta ahi, en la de noviembre podes ver mi nota. Me gustaria saber si tu libro esta publicado y donde se puede adquirir. Un abrazo y buena caza
Sebastian Quittard
sebaquittard@hotmail.com

Anónimo dijo...

Qué diversión la suya eh! Realmente me parece que esto no debe llamarse "Deporte". Es sólo la cobardía de entrenar animales a matar a otro animal por gracia, NO por alimento, NO por necesidad, sino por sadismo.
Genial sería una cacería entre cazadores, así se matan todos.

Anónimo dijo...

hola ami me gusta la caza perocon arma porque no megusta aser sufrir al animal con perros ni clabarles un cuchillo cobardemente porque los perros los tienen estaquiado prefiewro pegarles un tiro y que muera al instante.y solo caso la presa que voy a consumir.considero que cazar con perros y cuchillo es .eregia