
El campo no entregaba lo que yo con fuerza y espíritu había ido a buscar.
Tres días de largas caminatas con la sola compañía de mis perros. A ellos más que a mí se les notaba la fatiga y el hambre. Sobre todo el hambre de matar.
El cansancio nos estaba ganando la partida. Ultima entrada al campo, último sacrificio. Le pedía a mis rodillas que aguanten un poco más, pero esta vez fui vencido por mi cabeza.
Maldije el momento, me pregunté por qué andaba solo, por qué me exigía tanto, a quién quería engañar, cuántos kilómetros más serían necesarios para empezar a aborrecer esta actividad que en el mejor de los casos es mi pasion.
En la lucha del poder de la voluntad fui vencido, me rendí.
Comencé el regreso en dirección a la camioneta que me llevaría a la casa, al placer de los pies descansados, el baño caliente. A una comida elaborada y la bebida fría. Cien metros me faltaban para llegar a ella cuando la vida, en un instante, me demostró que mis repuestas vinieron de adentro de un molle, provocado por el torido de mi perro Sacachispa. Sin previo aviso el chancho jabalí se despertó como un gigante de la siesta. Con mucha tranquilidad tuvo tiempo para dejarse alzar, encrespando el pelaje, asustando con su tamaño.
A unos 15 metros quedo petrificado. Lo único que atiné fue a desenvainar mi cuchillo, pero me di cuenta de lo indefenso que estaba. Solo un perro se interponía y ese perro era la barrera que había entre la bestia y yo.
Un grito venido del alma salió de mi: cheló cheló cheló, el mismísimo grito del respetado Amadeo Biló. De mis espaldas los dogos cruzas salieron al encuentro.
Ante el atropello, el padrillo emprendió la fuga, tan escandalosa y ligera que llegue a pensar que se retiraba sin presentar pelea.
Lo maravilloso fue ver a toda la jauría a la siga de ese chancho.
Me llamo la atención mi Arruinado, un joven dogo Argentino que, con gemidos de ansiedad por no poder alcanzar la presa, ponía a prueba su rudeza, siendo una locomotora en la forma de partir el monte. Una bestia tras la bestia. En pocos segundos me encontré solo.
Comenzaron las dudas.
Dudé, dudé, dudé muchísimo si enfrentaba a ese barraco, el doble en tamaño de mis perros, sin arma, a pie, solo. Un desafío peligroso. Había encontrado lo que buscaba y no quería encontrar. Qué contradicción. Aunque los colmillos eran parte del juego me preocupaba la vida de mis perros más que la mía.
Comencé a correr con cuchillo en mano por el camino de la huida del animal. Mi cuerpo se bañó de transpiración, sentía que mis pulmones estallaban. Los latidos del corazón en mi pecho no me permitían escuchar sonido alguno.
Maldije mi falta de estado como siempre. Corrí y corrí, hasta que se me engarrotaron las piernas. De pronto, comencé a escuchar los aullidos de los perros.
Irremediablemente la bestia estaba peleando por su vida.
Saqué fuerzas de donde pude y llegué con precaución. Divisé una nube de tierra. Jugado como estaba, con la adrenalina en todo su derecho, mi intención fue encararlo, pero mi embestida fue arruinada cuando el padrillo me vio.
En un par de bufidos y colmillazos se desprendió de los perros.
Juro por Dios que el miedo me paralizó.
Sólo recuerdo la mancha blanca, una luz que se aferraba a la cabeza de la bestia, mi Arruinado. Tal vez ayudóotro perro a que no me partiese al medio, pero es a él al que recuerdo. Qué coraje demostraba el joven dogo.
Retrocedí unos metros sin tocar el suelo sintiendo que se me venía encima. Odiosa sensación. En eso logro ver que el chancho jabalí gira, dándome la posibilidad de tomarle la pata trasera izquierda.
Animando a los perros nuevamente con el cheló!,cheló! para que no me aflojen en la últimas, logro con mi mano derecha apuñalarlo en la paleta, en un fallido intento llegar a su corazón.
Tenía la mano izquierda acalambada por la fuerza de sostener la pata. Cambio de mano y le entro con el cuchillo por la izquierda otra vez sin ver signos de que se desangre.
El chancho castigaba a mis perros y empecinado buscaba mi figura. A las puteadas, exhausto, con los cheló! raspándome la garganta, desgarro la herida hacia abajo tirándole todo mi peso encima y lo derribo. Cómo deseaba ponerle fin a esto. Respiraciones y jadeos agitados eran los sonidos de la tarde. No lo podía creer. Había caído un grande.
En un recuento de mis canes veo a Lonco echado a unos metros, tenia un corte producto de un golpe fuerte en el abdomen. Por su parte Arruinado presentaba un corte profundo cerca de la vena yugular.
Se salvó por centímetros de no morir desangrado. La vida nos daba otra oportunidad. En un entrevero de sensaciones me uno en un abrazo de agradecimiento a ellos que, a bocanadas como yo, trataban de llenar los pulmones de aire. Recién ahí me di cuenta de mi estado, del temblor de mis manos y piernas que me obligó a sentarme sobre la tierra.
Imposible describir con palabras precisas lo que sentía. Ni siquiera ahora sé si es una respuesta. Pero sí puedo afirmar que el momento vivido justificaba la intensa pasión y el esfuerzo de años puestos en la cría de los canes. Por la íntima satisfacción, celebrada por los que saben de qué hablo, de hacer presa a un descomunal jabalí en lo que certeramente se denomina A perro y a cuchillo.
Tres días de largas caminatas con la sola compañía de mis perros. A ellos más que a mí se les notaba la fatiga y el hambre. Sobre todo el hambre de matar.
El cansancio nos estaba ganando la partida. Ultima entrada al campo, último sacrificio. Le pedía a mis rodillas que aguanten un poco más, pero esta vez fui vencido por mi cabeza.
Maldije el momento, me pregunté por qué andaba solo, por qué me exigía tanto, a quién quería engañar, cuántos kilómetros más serían necesarios para empezar a aborrecer esta actividad que en el mejor de los casos es mi pasion.
En la lucha del poder de la voluntad fui vencido, me rendí.
Comencé el regreso en dirección a la camioneta que me llevaría a la casa, al placer de los pies descansados, el baño caliente. A una comida elaborada y la bebida fría. Cien metros me faltaban para llegar a ella cuando la vida, en un instante, me demostró que mis repuestas vinieron de adentro de un molle, provocado por el torido de mi perro Sacachispa. Sin previo aviso el chancho jabalí se despertó como un gigante de la siesta. Con mucha tranquilidad tuvo tiempo para dejarse alzar, encrespando el pelaje, asustando con su tamaño.
A unos 15 metros quedo petrificado. Lo único que atiné fue a desenvainar mi cuchillo, pero me di cuenta de lo indefenso que estaba. Solo un perro se interponía y ese perro era la barrera que había entre la bestia y yo.
Un grito venido del alma salió de mi: cheló cheló cheló, el mismísimo grito del respetado Amadeo Biló. De mis espaldas los dogos cruzas salieron al encuentro.
Ante el atropello, el padrillo emprendió la fuga, tan escandalosa y ligera que llegue a pensar que se retiraba sin presentar pelea.
Lo maravilloso fue ver a toda la jauría a la siga de ese chancho.
Me llamo la atención mi Arruinado, un joven dogo Argentino que, con gemidos de ansiedad por no poder alcanzar la presa, ponía a prueba su rudeza, siendo una locomotora en la forma de partir el monte. Una bestia tras la bestia. En pocos segundos me encontré solo.
Comenzaron las dudas.
Dudé, dudé, dudé muchísimo si enfrentaba a ese barraco, el doble en tamaño de mis perros, sin arma, a pie, solo. Un desafío peligroso. Había encontrado lo que buscaba y no quería encontrar. Qué contradicción. Aunque los colmillos eran parte del juego me preocupaba la vida de mis perros más que la mía.
Comencé a correr con cuchillo en mano por el camino de la huida del animal. Mi cuerpo se bañó de transpiración, sentía que mis pulmones estallaban. Los latidos del corazón en mi pecho no me permitían escuchar sonido alguno.
Maldije mi falta de estado como siempre. Corrí y corrí, hasta que se me engarrotaron las piernas. De pronto, comencé a escuchar los aullidos de los perros.
Irremediablemente la bestia estaba peleando por su vida.
Saqué fuerzas de donde pude y llegué con precaución. Divisé una nube de tierra. Jugado como estaba, con la adrenalina en todo su derecho, mi intención fue encararlo, pero mi embestida fue arruinada cuando el padrillo me vio.
En un par de bufidos y colmillazos se desprendió de los perros.
Juro por Dios que el miedo me paralizó.
Sólo recuerdo la mancha blanca, una luz que se aferraba a la cabeza de la bestia, mi Arruinado. Tal vez ayudóotro perro a que no me partiese al medio, pero es a él al que recuerdo. Qué coraje demostraba el joven dogo.
Retrocedí unos metros sin tocar el suelo sintiendo que se me venía encima. Odiosa sensación. En eso logro ver que el chancho jabalí gira, dándome la posibilidad de tomarle la pata trasera izquierda.
Animando a los perros nuevamente con el cheló!,cheló! para que no me aflojen en la últimas, logro con mi mano derecha apuñalarlo en la paleta, en un fallido intento llegar a su corazón.
Tenía la mano izquierda acalambada por la fuerza de sostener la pata. Cambio de mano y le entro con el cuchillo por la izquierda otra vez sin ver signos de que se desangre.
El chancho castigaba a mis perros y empecinado buscaba mi figura. A las puteadas, exhausto, con los cheló! raspándome la garganta, desgarro la herida hacia abajo tirándole todo mi peso encima y lo derribo. Cómo deseaba ponerle fin a esto. Respiraciones y jadeos agitados eran los sonidos de la tarde. No lo podía creer. Había caído un grande.
En un recuento de mis canes veo a Lonco echado a unos metros, tenia un corte producto de un golpe fuerte en el abdomen. Por su parte Arruinado presentaba un corte profundo cerca de la vena yugular.
Se salvó por centímetros de no morir desangrado. La vida nos daba otra oportunidad. En un entrevero de sensaciones me uno en un abrazo de agradecimiento a ellos que, a bocanadas como yo, trataban de llenar los pulmones de aire. Recién ahí me di cuenta de mi estado, del temblor de mis manos y piernas que me obligó a sentarme sobre la tierra.
Imposible describir con palabras precisas lo que sentía. Ni siquiera ahora sé si es una respuesta. Pero sí puedo afirmar que el momento vivido justificaba la intensa pasión y el esfuerzo de años puestos en la cría de los canes. Por la íntima satisfacción, celebrada por los que saben de qué hablo, de hacer presa a un descomunal jabalí en lo que certeramente se denomina A perro y a cuchillo.